Historias

C.E.De Santis.

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Loveless

1. El amor no existe. 

2. Si el amor existiera, no se podría entender. 

3. Si se pudiera entender, no se podría explicar. 

Soledad

Soledad.

Había llovido todo el día. Las calles estaban húmedas y resbaladizas y todo el mundo veía como las gotas iban inundando poco a poco los canales y las alcantarillas. El camino empedrado empezaba a verse brillante y pulido. La tarde pasaba lentamente y se hacía noche. Seguía lloviendo. Solo unas pocas personas se aventuraron a salir ese día de sus casas, por miedo a enfermarse y a mojarse la ropa. Vestida de blanco, empapada de sudor y de agua, una mujer caminaba por el camino principal de pueblo. Manuel, manuel! Manuel ¿Dónde estás? Manuel. Sus gritos, desesperados, profundos y aterradores, cortaban el silencio de la noche. “Ay, Doña María”, dijo Clemencia, “esa es el ánima de la soledad, que está buscando a Manuel. Ave María Purísima, mírela, mírela Doña María”. Doña María miró por la ventana de la posada, que daba a la calle. La mujer, estaba ahora arrastrándose en el lodo, con los brazos estirados hacia el cielo, gritaba Dios mío, dime donde está Manuel. Sus ojos llorosos y desconsolados, miraban a todos lados, en su búsqueda. Su vestido, que había sido blanco, ya no lo era. Ahora era de un color negruzco, desesperado e indistinguible en la oscuridad de la noche. “Clemencia, Esa muchacha no es espanto, ¿Qué le pasa?”.

 

Manuel, por favor regresa Manuel, no me dejes sola Manuel. Se acercó a una de las casas y tocó la puerta. Nadie abrió. Manuel. Otra vez tocó. Manuel. Un golpe secó sonó desde atrás de la puerta. La mujer se alejó y se acercó a otra. Manuel. Regresa Manuel. Nadie abrió. Desde una ventana cercana, mientras ella se lamentaba, restregándose en el piso, salió una botella y dió contra el suelo y se rompió en pedazos. ¿Manuel?. Tomó los pedazos con sus manos. ¿eres tú Manuel?. Lárgate, lárgate de aquí y no vuelvas mas.  

 

“Hace dos años ella era la mas bella de pueblo, Doña María, y por ser la mas bella, todos los jóvenes muchachos la pretendían. Todos estaban enamorados de ella, y la perseguían por el pueblo, correteándola y lanzándole besos y amarrucos. Esa niña era la hija del cura, que había nacido antes de que el fuera cura. Su madre nunca había existido, o por lo menos nadie en el pueblo sabía quien era. El era muy severo con ella, porque quería que fuera recta. Le pegaba y la obligaba a rezar el rosario cien veces al día, para que sus pecados pudieran ser perdonados. Ella se escapaba todos los días, y en la calle leía novelas profanas que le había regalado algún enamorado. Luego llegó Manuel. El era un joven estudiante, italiano, buenmozo, que venía a estudiar la vida del pueblo y de la playa. Un día, cuando ella se encontraba escapada, Manuel la vió y se enamoró perdidamente de ella. A la semana ya se amaban. Todo el pueblo sabía de ellos pero el cura no sabía nada. Cuando regresaba a casa la encontraba dormida, sin sospechar nada de ella ni de su amor por Manuel.   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Manuel.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Su grito espantó la noche.Nadie abrió. Lárgate y no vuelvas mas a este pueblo.

 

 

“Pero la desgracia vino después, porque la niña, imprudente que es, una noche lluviosa decidió llevarse a Manuel a su habitación. Usted sabe para que. Ay Dios mío, cuando el cura entró en ese cuarto y vió a la niña al borde del éxtasis. Solo te digo que tomó a Manuel y con un hierro caliente le quemó las manos, como castigo por haber tocado a su hija. Manuel corrió y nunca mas se le volvió a ver. La niña gritó toda la noche y sus gritos se escucharon hasta La Tuna. Ay Dios mío, Doña María. A la mañana siguiente esa niña salió corriendo de la casa, gritando desconsolada, vestida de blanco. El cura estuvo buscándola pero no la encontró. Esa niña se fue del pueblo con la mente loca”. Doña María estaba atónita, impresionada por el cuento que su amiga le había contado. “Todos los días que llueve aquí en el pueblo, ella regresa y toca puerta por puerta buscando a Manuel, y cuando no lo consigue se va a la playa y se queda ahí, escondida, hasta que vuelve a llover”.  

 

Tocaron la puerta. Clemencia se acercó a la puerta, temerosa. ¿Manuel? ¿Manuel estás ahí? Dime que estás ahí Manuel, respóndeme. “Niña, Manuel no está, el se fué y nunca volverá”. No tocaron mas la puerta.

 

Manuel.

 

“¿Y qué le pasó luego a la niña? ¿Se murió?”.  

“Murió de soledad”, me respondió la abuela, “esa misma noche se fue a la playa y se entregó al mar”.

 

La tarde empezaba a caer y la luz se coloreaba de rojo sobre las suaves olas de la orilla de la playa.   

 

“¿Ves esas piedras?” Miraron por la ventana. Dos rocas pequeñas, separadas por una distancia considerable, sobresalían del agua, lejos de la orilla. “Dicen que esa piedra es la niña, el ánima solitaria, que cuando se entregó al mar esa noche, no se ahogó sino que se quedó anclada en la playa, petrificada, esperando a Manuel. Mijo, hay llamas que ni siquiera el mar puede apagar”. 

“¿Y la otra piedra?”

“La otra piedra apareció una noche mucho después, un día que también estaba lloviendo. Ese es Manuel, que regresó al pueblo a buscar a la niña mas bella. Pero ella sigue ahí sola, cada vez mas lejos de él, porque todos los días la piedra de Manuel se va alejando mas y mas, inalcanzable, siendo tragada por el mar”.  

“Pobre niña” dije, y le tomé las manos a la abuela.

“Y en las noches que llueve, dicen que sale una voz de la piedra.

 

Manuel. Manuel. Regresa por favor. Manuel”.

Concerning love

Pa please tell me what love is.

I don’t know what love is

Does anybody knows?

No.

 

 

 

Donde se precipitan las noches

Todos veían venir el momento en que el pueblo se quedaría totalmente oscuro. La Tuna, como se llamaba el poblado, estaba ubicado en el extremo mas al norte de uno de los valles del centro del país, y su extraña ubicación lo había mantenido alejado de todos los poblados cercanos. Pero este no era un problema que no pudiera solucionarse, ya que los habitantes de La Tuna sabían muy bien como mantenerse solos.

La montaña, que servía de escudo y protección para el pueblo, grande y llena de vegetación estaba colocada de manera que a La Tuna solo le llegaban cinco horas de sol, de siete a once de la mañana, por lo cual, ya después de esta hora, el pueblo parecía sumido en la oscuridad solo alumbrada por las farolas y bombillos que los habitantes tenían en todos lados.

Año tras año, La Tuna había ido comprando mas bombillos y la dependencia hacia ellos estaba arraigada en los habitantes. Era un pueblo claro a todas horas del día, en la mañana la luz del sol calentaba lentamente las casas de bahareque, acariciando las plantas y dándole un brillo místico a las mujeres cuando salían de las casas al río a buscar agua. Casi nadie salía del pueblo, que se encontraba lejos de todo tipo de asentamiento humano y la gente vivía feliz lejos de los demás. Todos se conocían y todos hablaban con todos. Cuando algún niño nacía, todo el pueblo se acercaba a la casa de la madre y le daban regalos, bombillos mas que todo.

El único contacto con el mundo exterior era el camión de los bombillos que venía desde Caracas repartiendo gratuitamente cien de ellos a cada pueblo de la zona. Una vez, uno de los primeros encargados que trajo los bombillos a La Tuna y luego de repartir en cada casa los objetos, decidió quedarse, ya que el camino de regreso era demasiado largo como para ser recorrido de nuevo.

Los Mendoza, que tenían la casa mas grande, por cuatro generaciones habían vivido en el pueblo. Rosa la bisabuela, había llegado muchos años atrás desde Caracas, en busca de un marido que fuera agricultor, porque las verduras estaban demasiado caras en la ciudad. Su hija Rosa María, había nacido un año después de su llegada y había muerto luego de haber dado luz a su hija Rosa María Josefina, el padre, Eduardo, era el encargado de la supervisión del camino que venía e iba del pueblo. Había muerto el mismo día que su esposa, de tristeza. La hija de Rosa María no era una mujer de estar en casa. Su espíritu salvaje, casi incontrolable, que  parecía como de caballo indomable, peligroso, se le notaba en la cara y ya desde muy pequeña, Rosa sabía que Rosa María Josefina no iba a ser una mujer tranquila.

Cuando ya había cumplido los ocho años de edad Rosa María Josefina leyó en una revista que cayó desde el cielo sobre las elecciones en Caracas y le dijo a su abuela que quería ir a la ciudad a votar. La abuela se quedó muda cuando ella le dijo eso y pensó que era peligroso que ella estuviera vociferando esas ideas liberales por el pueblo, así que, en un arranque de desesperación, la encerró por cuatro años en el sótano de la casa, dándole dos comidas al día y lanzándole libros aprobados por los hombres de justicia de la ciudad. En su corazón, la abuela sabía que Rosa María Josefina no se quedaría tranquila y estuvo esperando pacientemente que la niña se escapara o hiciera algo para salir de su cautiverio. Efectivamente así fue. Una noche, la abuela escuchó un golpe seco, sordo, y cuando corriendo bajó las escaleras, se dio cuenta que de alguna manera Rosa había desatornillado el cerrojo de la puerta y había escapado. En la única mesa del sótano había dejado una nota: “Me voy para poder decir lo que yo quiera y casarme con quien yo quiera, en este pueblo no hay nada que hacer”. La abuela nunca mas la volvió a ver.

La vida en el pueblo continuó como siempre, aislada y fría por las noches, y la abuela sola y triste, comenzaba a sentir el golpe de la edad. Su pelo, una vez rubio se había vuelto blanco y triste, y su piel arrugada y pálida. Tenía noventa y cuatro años cuando por primera vez, otro carro que no era el camión de los bombillos se acercaba por el camino principal del pueblo. El carro, pequeño y de color azul, se movía torpemente y con muchos ruidos despertaba a las personas, que salían desde las ventanas a ver que era lo que pasaba. Un niño de ocho años, se bajó del carro y tocó la puerta de una de las casas. Un viejo abrió y lo vio con desconcierto.

“Estoy buscando a Rosa Mendoza” dijo el niño.

“Si buscas a la abuela debes ir a la casa mas grande” le contestó el viejo, somnoliento.

El niño se volvió a montar en el carro y llegando al extremo del pueblo vio la casa que le pareció mas grande. El jardín anterior a la casa, perfectamente cuidado, y lleno de rosas rojas se anteponía ante la gran casa de bahareque cubierta de enredaderas y flores amarillas. Se acercó y tocó la puerta.

“Estoy buscando a Rosa Mendoza”

“Si buscas a la abuela has venido al sitio correcto porque soy yo. ¿Qué quieres y por qué vienes a despertarme a esta hora?

“Soy Roberto el hijo de Rosa María Josefina, mi madre está muerta”

“¿Qué le pasó?”

“Murió de tristeza porque padre la dejó y se fue de la ciudad no se adonde, me dejó este carro y una nota que decía que viniera para acá y que te buscara a ti y que tu me cuidarías”

“Pasa”

Ya me puedo morir porque  llegó alguien que podrá cuidar la casa y cuidar las rosas. 

La abuela murió al día siguiente.

Roberto creció y se hizo un ciudadano de La Tuna, como si hubiera nacido ahí y se casó con la hija del alcalde. La mujer, diez años mayor que Roberto, se mudó a la casa de los Mendoza y ahí vivieron, colocando bombillos en todas las habitaciones de la casa, cuidando el jardín y cambiando las flores de las paredes de la casa por bombillos. Un día, de la nada, Roberto le dijo a su mujer que estaba harto de vivir en el pueblo, porque era muy aburrido y estaba harto de que oscureciera a las tres de la tarde. Quería volver a la ciudad donde había nacido y había vivido ocho años y donde habían cosas que ver. Su esposa, Hortensia, embarazada de cuatro meses se rehuzó.

“Quiero parir aquí porque aquí nací y de aquí serán mis hijos”

“ Yo me voy” le dijo Roberto y tomando su carro, se fue.

Sola, con su hijo dentro de ella, Hortensia se sentaba desde el descanso de la casa a ver el pueblo, con sus bombillos encendidos en todos lados, viendo como moría la misma gente y como nacían los hijos de la misma gente que había visto antes. No hay nada, en este pueblo no hay nada, solo hay bombillos.

Una mañana, se escuchó desde lejos el galope de un caballo. Muchos pensaron que era Roberto que había vuelto, pero se habían equivocado. Era un mensajero, vestido de militar, sin honores, que traía una carta desde Caracas anunciando la muerte de Roberto Mendoza, Capitán en Jefe de las Fuerzas Armadas Nacionales, muerto en batalla. Hortensia lloró ese día como nunca antes había llorado, su hijo, Alberto, vió a su madre llorando y lloró también, como nunca antes había llorado.

Durante ocho años mas, el pueblo siguió igual. La vida monótona de La Tuna, llena de lo mismo y de bombillos, agobió  a Alberto y lo sumió en la mas desesperada tristeza. Una noche, mientras su madre dormía, tomó sus cosas y se fue. Su madre, que al despertar no lo vio a el, ni vio sus cosas, se sentó en el descanso de la casa, y viendo los muchos bombillos que adornaban las casas, se sentó a morir y su cuerpo nunca se descompuso y sigue ahí, siendo acariciado por la brisa de la tarde.

El camión de los bombillos, por alguna razón desconocida por el pueblo, dejó de venir, y como las cosas materiales no son eternas y ya se habían acabado las provisiones de bombillos que quedaban guardadas en las despensas de las casas, el pueblo, un día, se quedó a oscuras. Los bombillos, uno a uno, se habían apagado, muerto, como si se hubieran ido porque estaban hartos de vivir en La Tuna, de vivir en el resguardo de la montaña. Nadie supo que hacer y las personas se fueron muriendo. El sol de la mañana no era suficiente para hacer todas las tareas del día, y sin bombillos, la gente no veía nada, como si estuvieran ciegos. Solo en la casa de los Mendoza quedaba un bombillo cálido y brillante, que nadie se atrevía a tomar porque Hortensia seguía ahí en su silla, en su descanso, como vigilante de la única luz que quedaba en el pueblo.

Alberto, que regresaba de noche por el único camino que lleva a La Tuna, vio con asombro una sola ínfima luz que salía desde la casa donde había crecido y cuando llegó a la entrada del pueblo prendió su linterna a pilas, que siempre llevaba como un buen viajero y se dio cuenta que La Tuna había muerto. Las casas, pálidas y grises estaban llenas de vegetación, como si la naturaleza reclamara su espacio. No se veía ni una sola alma.  Cuando llegó a su casa, pudo ver a su madre, sentada en la silla, en el descanso, serena. Se acercó y la tocó, la piel fría le erizó la carne. Le besó la mejilla y regresó por donde había venido y regresó a la capital, donde hay mucho mas que bombillos.

Violencia en armonía.

En el extremo mas cercano al túnel grande y oscuro me encontraba esperando. Esperaba que el vagón viniera y mientras los minutos pasaban lentamente, veía a la gente bajar por las escaleras, apresuradas, como si su apuro pudiera atraer al vagón a la estación, donde todos estabamos esperándolo. Las personas comenzaban a acumularse y el vagón no llegaba. La mente comienza a exasperarse, cuando uno siente que por mas que lo esperes tardará mucho en llegar, la mente comienza a dar vueltas y vueltas como impaciente. Alrededor de mi nadie leía. Muchos hablaban porque se conocían. Yo no hablaba porque no conocía a nadie. Cuando ya el tedio de la espera me había vencido, decidí sacar el libro, y tras unas cuantas hojeadas comencé a leer. Era la historia de una familia estadounidense sumida en la mas triste pobreza. Le presté un poco de atención, no demasiada. Ya había pasado a la segunda página cuando el vagón entró por el otro extremo de la estación.

La gente suspiró de alivio. En ese momento sentí, como la masa de personas se empezaba a abalanzar sobre mi, ya que me encontraba de primero. El aire fresco, proveniente del paso del vagón por los rieles, nos chocó en el rostro, refrescando un poco el ambiente ahogado por la cantidad de personas. El vagón se detuvo y me hicieron entrar. Como de costumbre, y como ocurre todos los días, el vagón estaba abarrotado. Dentro no cabía ni un alma, pero igual nos hicimos espacio. En el metro no hay noes. O entras o entras. No importa cual sea el estado del vagón. No importan las personas.

Recuerdo como los libros de historia y las películas pintaban los vagones en los cuales los judíos eran trasladados a Auschwitz. Así me sentí yo ese día, en el mas triste hacinamiento, donde nadie cabe pero todos deben caber. Pero no se si lo mas triste era esto, o que ya estaba acostumbrado, por lo cual el trayecto se me hacía regular.

Pensé en la cantidad de estaciones que me faltaban. Cuatro. Qué bello número, que no es mucho ni es poco. Intente leer, no pude. No podía ni levantar los brazos. Resignado miré hacia los lados, sin observar nada. Me encontraba preso.

El vagón se paró en la estación Sabana Grande. Cuando las puertas se abrieron, el aire que entró desde afuera nos hizo volver a creer en la vida, y cuando se bajaron algunas personas, la presión con que estábamos todos se liberó un poco, lo cual hizo que la gente se alegrara suavemente. Casi nadie entró, tal vez por la hora, ya que estar en Sabana Grande en la noche es una actividad enriquecedora pero a la vez peligrosa. Sabana Grande, para los que no han estado en Caracas, es un boulevard comercial, largo y amplio, donde antes se reunían escritores e intelectuales y donde ahora la gente va a comprar artículos a precios baratos mirando a todos lados cuando camina. Caminar por Sabana Grande es un gran placer, sobre todo en la tarde, antes de la hora pico, y ver como lentamente el sol se va ocultando como dando aviso y alerta, porque en la noche Sabana Grande saca sus garras y se vuelve terreno desconocido.

El vagón siguió su camino y cuando se detuvo muchas personas se bajaron. Chacaíto. La estación donde muchos suben y muchos bajan. Chacaíto es el centro del mundo, donde todo ocurre y todo pasa, donde te sientes inseguro pero tienes que ir porque hay muchas cosas que ver y muchos lugares donde estar, donde hay liberías y donde hay motos. Es el lugar desde donde puedes ir a cualquier parte de la ciudad y a donde llegan la mayoría de las camionetas por puesto. Hay algo curioso sobre Chacaíto y es su frontera con Chacao. Es como estar entre dos mundos, dos lugares tan completamente diferentes que se mezclan pero se separan entre sí. Si uno se detiene un momento viendo en dirección Altamira, se puede ver una avenida moderna, tranquila. El pacífico municipio Chacao. En cambio, si uno se para observando la calle en dirección Sabana Grande, es otra cosa, donde el caos se funde con la modernidad y la basura con los puestos de comida. Chacaíto es en sí las dos caras de una moneda, es el lugar que parece centro pero no lo es.

El vagón había quedado relativamente vacío y yo había sido liberado de mi aprisonamiento personal. Me recosté de uno de los tubos de seguridad y regresé a mi faena de seguir con la historia de la familia de los pobres americanos. El libro pesaba un poco, pero no lo suficiente para no poder ser sostenido con una sola mano. Me dediqué a leer y apagué mis oídos para poder concentrarme en la historia.

La estación de Chacao, la siguiente que viene en dirección Palo Verde desde Chacaíto, apareció ante mis ojos desde las ventanas del vagón. Mucha gente se preparó a salir y si las personas que tenían la intención de bajarse lo hacían, el vagón quedaría casi vacío y tal vez podría tener la oportunidad de sentarme. El metro se detuvo y capturé un puesto vacío y me senté. Entraron algunas personas. Personas normales, tranquilas, serenas, adormiladas por la hora y el cansancio de la ciudad y del trabajo. No me dediqué a observarlas porque el libro estaba empezando a atraparme y necesitaba saber que iba a pasar. Seguí leyendo pero de reojo vi algo particular.

Un hombre, que debía tener unos sesenta años, blanco, de estatura mediana, una barba completa, descuidada, vestido con una franela blanca roída, con agujeros y sucia y un pantalón azul arremangado hasta la mitad de su pierna derecha se encontraba apoyado en una de las tablas amarillas que protegen los asientos. En la mano tenía un bastón, que por la forma no era mas que una simple rama. Sus ojos vidriosos, aguados y tristes miraban a todas partes, como en busca de algo mucho tiempo atrás perdido. Demostraba impaciencia, como si quisiera decir algo.

Muchas veces las oportunidades de la vida se dan cuando menos se las espera. Y el metro, a las ocho de la noche, es un lugar inusual para que esto ocurra. El vagón, que tal vez solo le faltaba un solo momento para llegar a Altamira, se detuvo en seco. Nos miramos. Las cornetas, anunciando un arrollamiento en la estación Los Dos Caminos, nos informaron que nos quedaríamos en el túnel hasta que las autoridades del metro solventaran medianamente el problema.

El anciano, sintiendo el detenimiento del tren como una oportunidad, se levantó y se dedicó a pedirnos una colaboración.

“Esto me da mucha vergüenza pero buenas noches. Me da mucha vergüenza pero debo pedirles una colaboración. Me da mucha vergüenza porque vengo desde el campo caminando. Me da mucha vergüenza porque se que esto es un fastidio para ustedes, y que siempre escuchan lo mismo. Pero yo les vengo a pedir una colaboración para poder comer y pa’ poder encontrar a mi hijo que se me perdió. No tengo como volver al pueblo porque ya ni siquiera puedo caminar. Mi hijo Manuel desapareció de la casa, el estaba metido en unos negocios y la gente le tenía envidia porque estaba ganando bastante porque necesitabamos plata para poder comer y pagarle las medicinas a la abuela que está enferma. Se había comprado una moto y se la pasaba en ella. La abuela está enferma en el pueblo y está sola y necesito una colaboración para poder volver al pueblo para poder ver como se muere. No quiero que se muera sola. Vine a buscar a mi hijo. Y no puedo volver caminando porque unos malandros me querían quitar el celular y yo les dije que no tenía celular y me dieron un balazo porque dijeron que era pobre. Estuve un mes en el hospital porque una la policía me recogió y me llevó. Cuando ya estaba mejor me escapé y tengo que caminar con este bastón que encontré, pero no puedo caminar mucho porque me duele, todavía tengo la bala adentro”.

Subiéndose mas la tela del pantalón pude ver una herida, no del todo sana, con los bordes azules, y la perfecta circunferencia de la bala en forma de cicatriz, que le quedará al viejo por lo que le queda de vida.

“Y Dios bendiga al que me pueda dar una colaboración para poder tener como moverme y buscar a mi hijo Manuel que yo se que está aquí en Caraca”.

Su historia, resonante en el vagón, parecía no dar efecto. La gente que se encontraba sentada, inmersa en el celular, no le prestaba ni la mas mínima atención. Tal vez por respeto a su edad yo si le presté atención o tal vez por la curiosidad de saber qué había pasado y porque el viejo había llegado a la situación de tener que pedir dinero en el metro. El vagón comenzó a moverse, y el viejo, desesperado dijo:

“Una colaboración por favor, Dios me los bendiga”.

Solo una o dos personas le dieron alguna que otra moneda, yo, que creí su historia y me tocó y me conmovió profundamente le di veinte bolívares, lo único que tenía. La persona que tenía a mi lado me miró y puso una expresión como si yo fuera un loco que estaba regalando el dinero a cualquiera que pasara por la calle.

El viejo siguió caminando lentamente a través del vagón, en desesperación por otra moneda o algún billete que alguien pudiera darle. Cansado se detuvo en medio del pasillo, como para poder volver a tomar aire para continuar su camino. Las puertas se abrieron y entraron de nuevo varias personas. El viejo seguía adentro. Sus ojos llorosos de dolor denotaban la pena que había en su alma. Me hubiera gustado darle algo de comida, pero en ese momento no tenía nada. Una muchacha, que al ver que el viejo se recostaba en su asiento, tal vez por miedo, se paró y se fue al otro lado del pasillo, lo mas lejos posible del hombre.

Altamira es mi estación favorita. Arriba, una ciudad europea parece en construcción, donde la gran plaza y su obelisco nos recuerda que Caracas es también una ciudad progresista, una ciudad que tiene mucho que dar. Los verdes jardines de la plaza, acompañados de la fuente y la cascada artifical emiten sonidos que parecen de otra ciudad, pero que a la vez son autóctonos de Caracas. Los asientos de la plaza, aferrados suavemente al concreto son sitios perfectos para leer cuando el calor lo permite. En la noche, las luces de los postes acarician suavemente los rostros de las personas que se quedan hasta tarde en la plaza amándose o simplemente charlando. Esta es una de las características mas bellas de la plaza Altamira, que todavía es plaza y todavía se puede caminar por ahí sin miedo a nada, resguardado bajo la sombra de los árboles y de los hoteles y restaurantes. Las puertas del vagón todavía no se cerraban.

Ese día me había despertado con una sensación extraña. No quería ir a la universidad ni tampoco quería salir de la casa. Era como un presentimiento y lo que ocurrió a continuación me daría la lección de hacerle caso siempre a mi corazón.

Justo cuando se estaban cerrando las puertas un joven moreno, vestido con una franela marrón y lentes oscuros, entró al vagón rápidamente, jadeando. Mientras el tren arrancaba se dedicaba a dar vueltas en círculos en el espacio vacío, como en busca de algo. Yo le veía de reojo, porque me parecía sospechosa su actitud. Ya el libro había pasado a segundo plano, mi mente estaba alerta. Pasaron los minutos. El metro iba lento. Tal vez por el arrollamiento, o tal vez por otra razón. Me sentía un poco impaciente y nervioso por la presencia del joven, había algo en el que no me gustaba. Tal vez estoy siendo prejuicioso pensé, y me sentí un poco avergonzado de mi actitud, pero en esta ciudad todo tiene un aroma a peligro.

En el túnel, a medio camino de la estación Miranda, el viejo seguía caminando lentamente para acercarse a la puerta, apoyándose de los tubos con mucho esfuerzo. Al llegar a ella se apoyó y la expresión en su rostro denotó alivio y paz. Ahora podr
Ia salir comodamente a esperar otro vagón para contar la historia de el, su hijo Manuel y la abuela enferma.

Cuando el joven empezó a hablar, ya sabía por donde venían los tiros, y me sentí abrumado.

“Buenas noches. ¿Me pueden dar las buenas noches?”

Alguno que otro saludo se escuchó a lo lejos.

“Yo estoy aquí para pedirles una colaboración. Los tiempos están duros y yo necesito rial, así que los que están aquí me van sacando los riales y los celulares y me los dan o si no los quiebro aquí mismo”.

En ese momento se escucharon gritos sordos y uno de los hombres se levantó para intentar tocar la alarma de seguridad con que contaba el vagón.

El malandro sacó su revolver y lo apuntó al hombre desde lejos. El hombre se sentó, rojo de impotencia.

En el bolso del malandro depositamos los celulares, y cuando tocó mi turno de hacerlo me dijo:

“Los riales bicho”
“No tengo”
“¿Qué no tienes que?” me dijo, apuntándome a la cabeza con el revolver.

Le di los cincuenta bolívares que guardo en la cartera para emergencias. Supongo que esta situación era una, por lo cual ese dinero no fue mal utilizado.

Cuando se empezaron a ver por las ventanas del vagón, los primerios vestigios de la estación Miranda el malandro gritó un glorioso “Muchas Gracias” y viendo a los que nos encontrábamos ahí con una sonrisa, se colocó su bolso y puso su revolver en el pantalón. Cuando se abrieron las puertas, y viendo que había un policía, que por casualidad quería entrar en al vagón cuando las puertas se abrieran, el malandro salió corriendo y tropezando al viejo lo tumbó debido al pobre equilibro que le daba su pierna herida. El viejo, sin poder moverse, trató de arrimarse y a pesar de la ayuda del policía y de otros que se encontraban allí un grito de dolor salió de su garganta cuando las puertas se cerraron en su cuerpo. Cuando por fin pudieron entrar al vagón lo acomodaron en el suelo.

“Por favor” le dijo el viejo al policía “déjeme aquí y vaya a buscar al ladrón ese que salió corriendo, se llama Manuel y era mi hijo”.