Donde se precipitan las noches

por cedesantis

Todos veían venir el momento en que el pueblo se quedaría totalmente oscuro. La Tuna, como se llamaba el poblado, estaba ubicado en el extremo mas al norte de uno de los valles del centro del país, y su extraña ubicación lo había mantenido alejado de todos los poblados cercanos. Pero este no era un problema que no pudiera solucionarse, ya que los habitantes de La Tuna sabían muy bien como mantenerse solos.

La montaña, que servía de escudo y protección para el pueblo, grande y llena de vegetación estaba colocada de manera que a La Tuna solo le llegaban cinco horas de sol, de siete a once de la mañana, por lo cual, ya después de esta hora, el pueblo parecía sumido en la oscuridad solo alumbrada por las farolas y bombillos que los habitantes tenían en todos lados.

Año tras año, La Tuna había ido comprando mas bombillos y la dependencia hacia ellos estaba arraigada en los habitantes. Era un pueblo claro a todas horas del día, en la mañana la luz del sol calentaba lentamente las casas de bahareque, acariciando las plantas y dándole un brillo místico a las mujeres cuando salían de las casas al río a buscar agua. Casi nadie salía del pueblo, que se encontraba lejos de todo tipo de asentamiento humano y la gente vivía feliz lejos de los demás. Todos se conocían y todos hablaban con todos. Cuando algún niño nacía, todo el pueblo se acercaba a la casa de la madre y le daban regalos, bombillos mas que todo.

El único contacto con el mundo exterior era el camión de los bombillos que venía desde Caracas repartiendo gratuitamente cien de ellos a cada pueblo de la zona. Una vez, uno de los primeros encargados que trajo los bombillos a La Tuna y luego de repartir en cada casa los objetos, decidió quedarse, ya que el camino de regreso era demasiado largo como para ser recorrido de nuevo.

Los Mendoza, que tenían la casa mas grande, por cuatro generaciones habían vivido en el pueblo. Rosa la bisabuela, había llegado muchos años atrás desde Caracas, en busca de un marido que fuera agricultor, porque las verduras estaban demasiado caras en la ciudad. Su hija Rosa María, había nacido un año después de su llegada y había muerto luego de haber dado luz a su hija Rosa María Josefina, el padre, Eduardo, era el encargado de la supervisión del camino que venía e iba del pueblo. Había muerto el mismo día que su esposa, de tristeza. La hija de Rosa María no era una mujer de estar en casa. Su espíritu salvaje, casi incontrolable, que  parecía como de caballo indomable, peligroso, se le notaba en la cara y ya desde muy pequeña, Rosa sabía que Rosa María Josefina no iba a ser una mujer tranquila.

Cuando ya había cumplido los ocho años de edad Rosa María Josefina leyó en una revista que cayó desde el cielo sobre las elecciones en Caracas y le dijo a su abuela que quería ir a la ciudad a votar. La abuela se quedó muda cuando ella le dijo eso y pensó que era peligroso que ella estuviera vociferando esas ideas liberales por el pueblo, así que, en un arranque de desesperación, la encerró por cuatro años en el sótano de la casa, dándole dos comidas al día y lanzándole libros aprobados por los hombres de justicia de la ciudad. En su corazón, la abuela sabía que Rosa María Josefina no se quedaría tranquila y estuvo esperando pacientemente que la niña se escapara o hiciera algo para salir de su cautiverio. Efectivamente así fue. Una noche, la abuela escuchó un golpe seco, sordo, y cuando corriendo bajó las escaleras, se dio cuenta que de alguna manera Rosa había desatornillado el cerrojo de la puerta y había escapado. En la única mesa del sótano había dejado una nota: “Me voy para poder decir lo que yo quiera y casarme con quien yo quiera, en este pueblo no hay nada que hacer”. La abuela nunca mas la volvió a ver.

La vida en el pueblo continuó como siempre, aislada y fría por las noches, y la abuela sola y triste, comenzaba a sentir el golpe de la edad. Su pelo, una vez rubio se había vuelto blanco y triste, y su piel arrugada y pálida. Tenía noventa y cuatro años cuando por primera vez, otro carro que no era el camión de los bombillos se acercaba por el camino principal del pueblo. El carro, pequeño y de color azul, se movía torpemente y con muchos ruidos despertaba a las personas, que salían desde las ventanas a ver que era lo que pasaba. Un niño de ocho años, se bajó del carro y tocó la puerta de una de las casas. Un viejo abrió y lo vio con desconcierto.

“Estoy buscando a Rosa Mendoza” dijo el niño.

“Si buscas a la abuela debes ir a la casa mas grande” le contestó el viejo, somnoliento.

El niño se volvió a montar en el carro y llegando al extremo del pueblo vio la casa que le pareció mas grande. El jardín anterior a la casa, perfectamente cuidado, y lleno de rosas rojas se anteponía ante la gran casa de bahareque cubierta de enredaderas y flores amarillas. Se acercó y tocó la puerta.

“Estoy buscando a Rosa Mendoza”

“Si buscas a la abuela has venido al sitio correcto porque soy yo. ¿Qué quieres y por qué vienes a despertarme a esta hora?

“Soy Roberto el hijo de Rosa María Josefina, mi madre está muerta”

“¿Qué le pasó?”

“Murió de tristeza porque padre la dejó y se fue de la ciudad no se adonde, me dejó este carro y una nota que decía que viniera para acá y que te buscara a ti y que tu me cuidarías”

“Pasa”

Ya me puedo morir porque  llegó alguien que podrá cuidar la casa y cuidar las rosas. 

La abuela murió al día siguiente.

Roberto creció y se hizo un ciudadano de La Tuna, como si hubiera nacido ahí y se casó con la hija del alcalde. La mujer, diez años mayor que Roberto, se mudó a la casa de los Mendoza y ahí vivieron, colocando bombillos en todas las habitaciones de la casa, cuidando el jardín y cambiando las flores de las paredes de la casa por bombillos. Un día, de la nada, Roberto le dijo a su mujer que estaba harto de vivir en el pueblo, porque era muy aburrido y estaba harto de que oscureciera a las tres de la tarde. Quería volver a la ciudad donde había nacido y había vivido ocho años y donde habían cosas que ver. Su esposa, Hortensia, embarazada de cuatro meses se rehuzó.

“Quiero parir aquí porque aquí nací y de aquí serán mis hijos”

“ Yo me voy” le dijo Roberto y tomando su carro, se fue.

Sola, con su hijo dentro de ella, Hortensia se sentaba desde el descanso de la casa a ver el pueblo, con sus bombillos encendidos en todos lados, viendo como moría la misma gente y como nacían los hijos de la misma gente que había visto antes. No hay nada, en este pueblo no hay nada, solo hay bombillos.

Una mañana, se escuchó desde lejos el galope de un caballo. Muchos pensaron que era Roberto que había vuelto, pero se habían equivocado. Era un mensajero, vestido de militar, sin honores, que traía una carta desde Caracas anunciando la muerte de Roberto Mendoza, Capitán en Jefe de las Fuerzas Armadas Nacionales, muerto en batalla. Hortensia lloró ese día como nunca antes había llorado, su hijo, Alberto, vió a su madre llorando y lloró también, como nunca antes había llorado.

Durante ocho años mas, el pueblo siguió igual. La vida monótona de La Tuna, llena de lo mismo y de bombillos, agobió  a Alberto y lo sumió en la mas desesperada tristeza. Una noche, mientras su madre dormía, tomó sus cosas y se fue. Su madre, que al despertar no lo vio a el, ni vio sus cosas, se sentó en el descanso de la casa, y viendo los muchos bombillos que adornaban las casas, se sentó a morir y su cuerpo nunca se descompuso y sigue ahí, siendo acariciado por la brisa de la tarde.

El camión de los bombillos, por alguna razón desconocida por el pueblo, dejó de venir, y como las cosas materiales no son eternas y ya se habían acabado las provisiones de bombillos que quedaban guardadas en las despensas de las casas, el pueblo, un día, se quedó a oscuras. Los bombillos, uno a uno, se habían apagado, muerto, como si se hubieran ido porque estaban hartos de vivir en La Tuna, de vivir en el resguardo de la montaña. Nadie supo que hacer y las personas se fueron muriendo. El sol de la mañana no era suficiente para hacer todas las tareas del día, y sin bombillos, la gente no veía nada, como si estuvieran ciegos. Solo en la casa de los Mendoza quedaba un bombillo cálido y brillante, que nadie se atrevía a tomar porque Hortensia seguía ahí en su silla, en su descanso, como vigilante de la única luz que quedaba en el pueblo.

Alberto, que regresaba de noche por el único camino que lleva a La Tuna, vio con asombro una sola ínfima luz que salía desde la casa donde había crecido y cuando llegó a la entrada del pueblo prendió su linterna a pilas, que siempre llevaba como un buen viajero y se dio cuenta que La Tuna había muerto. Las casas, pálidas y grises estaban llenas de vegetación, como si la naturaleza reclamara su espacio. No se veía ni una sola alma.  Cuando llegó a su casa, pudo ver a su madre, sentada en la silla, en el descanso, serena. Se acercó y la tocó, la piel fría le erizó la carne. Le besó la mejilla y regresó por donde había venido y regresó a la capital, donde hay mucho mas que bombillos.

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