Violencia en armonía.

por cedesantis

En el extremo mas cercano al túnel grande y oscuro me encontraba esperando. Esperaba que el vagón viniera y mientras los minutos pasaban lentamente, veía a la gente bajar por las escaleras, apresuradas, como si su apuro pudiera atraer al vagón a la estación, donde todos estabamos esperándolo. Las personas comenzaban a acumularse y el vagón no llegaba. La mente comienza a exasperarse, cuando uno siente que por mas que lo esperes tardará mucho en llegar, la mente comienza a dar vueltas y vueltas como impaciente. Alrededor de mi nadie leía. Muchos hablaban porque se conocían. Yo no hablaba porque no conocía a nadie. Cuando ya el tedio de la espera me había vencido, decidí sacar el libro, y tras unas cuantas hojeadas comencé a leer. Era la historia de una familia estadounidense sumida en la mas triste pobreza. Le presté un poco de atención, no demasiada. Ya había pasado a la segunda página cuando el vagón entró por el otro extremo de la estación.

La gente suspiró de alivio. En ese momento sentí, como la masa de personas se empezaba a abalanzar sobre mi, ya que me encontraba de primero. El aire fresco, proveniente del paso del vagón por los rieles, nos chocó en el rostro, refrescando un poco el ambiente ahogado por la cantidad de personas. El vagón se detuvo y me hicieron entrar. Como de costumbre, y como ocurre todos los días, el vagón estaba abarrotado. Dentro no cabía ni un alma, pero igual nos hicimos espacio. En el metro no hay noes. O entras o entras. No importa cual sea el estado del vagón. No importan las personas.

Recuerdo como los libros de historia y las películas pintaban los vagones en los cuales los judíos eran trasladados a Auschwitz. Así me sentí yo ese día, en el mas triste hacinamiento, donde nadie cabe pero todos deben caber. Pero no se si lo mas triste era esto, o que ya estaba acostumbrado, por lo cual el trayecto se me hacía regular.

Pensé en la cantidad de estaciones que me faltaban. Cuatro. Qué bello número, que no es mucho ni es poco. Intente leer, no pude. No podía ni levantar los brazos. Resignado miré hacia los lados, sin observar nada. Me encontraba preso.

El vagón se paró en la estación Sabana Grande. Cuando las puertas se abrieron, el aire que entró desde afuera nos hizo volver a creer en la vida, y cuando se bajaron algunas personas, la presión con que estábamos todos se liberó un poco, lo cual hizo que la gente se alegrara suavemente. Casi nadie entró, tal vez por la hora, ya que estar en Sabana Grande en la noche es una actividad enriquecedora pero a la vez peligrosa. Sabana Grande, para los que no han estado en Caracas, es un boulevard comercial, largo y amplio, donde antes se reunían escritores e intelectuales y donde ahora la gente va a comprar artículos a precios baratos mirando a todos lados cuando camina. Caminar por Sabana Grande es un gran placer, sobre todo en la tarde, antes de la hora pico, y ver como lentamente el sol se va ocultando como dando aviso y alerta, porque en la noche Sabana Grande saca sus garras y se vuelve terreno desconocido.

El vagón siguió su camino y cuando se detuvo muchas personas se bajaron. Chacaíto. La estación donde muchos suben y muchos bajan. Chacaíto es el centro del mundo, donde todo ocurre y todo pasa, donde te sientes inseguro pero tienes que ir porque hay muchas cosas que ver y muchos lugares donde estar, donde hay liberías y donde hay motos. Es el lugar desde donde puedes ir a cualquier parte de la ciudad y a donde llegan la mayoría de las camionetas por puesto. Hay algo curioso sobre Chacaíto y es su frontera con Chacao. Es como estar entre dos mundos, dos lugares tan completamente diferentes que se mezclan pero se separan entre sí. Si uno se detiene un momento viendo en dirección Altamira, se puede ver una avenida moderna, tranquila. El pacífico municipio Chacao. En cambio, si uno se para observando la calle en dirección Sabana Grande, es otra cosa, donde el caos se funde con la modernidad y la basura con los puestos de comida. Chacaíto es en sí las dos caras de una moneda, es el lugar que parece centro pero no lo es.

El vagón había quedado relativamente vacío y yo había sido liberado de mi aprisonamiento personal. Me recosté de uno de los tubos de seguridad y regresé a mi faena de seguir con la historia de la familia de los pobres americanos. El libro pesaba un poco, pero no lo suficiente para no poder ser sostenido con una sola mano. Me dediqué a leer y apagué mis oídos para poder concentrarme en la historia.

La estación de Chacao, la siguiente que viene en dirección Palo Verde desde Chacaíto, apareció ante mis ojos desde las ventanas del vagón. Mucha gente se preparó a salir y si las personas que tenían la intención de bajarse lo hacían, el vagón quedaría casi vacío y tal vez podría tener la oportunidad de sentarme. El metro se detuvo y capturé un puesto vacío y me senté. Entraron algunas personas. Personas normales, tranquilas, serenas, adormiladas por la hora y el cansancio de la ciudad y del trabajo. No me dediqué a observarlas porque el libro estaba empezando a atraparme y necesitaba saber que iba a pasar. Seguí leyendo pero de reojo vi algo particular.

Un hombre, que debía tener unos sesenta años, blanco, de estatura mediana, una barba completa, descuidada, vestido con una franela blanca roída, con agujeros y sucia y un pantalón azul arremangado hasta la mitad de su pierna derecha se encontraba apoyado en una de las tablas amarillas que protegen los asientos. En la mano tenía un bastón, que por la forma no era mas que una simple rama. Sus ojos vidriosos, aguados y tristes miraban a todas partes, como en busca de algo mucho tiempo atrás perdido. Demostraba impaciencia, como si quisiera decir algo.

Muchas veces las oportunidades de la vida se dan cuando menos se las espera. Y el metro, a las ocho de la noche, es un lugar inusual para que esto ocurra. El vagón, que tal vez solo le faltaba un solo momento para llegar a Altamira, se detuvo en seco. Nos miramos. Las cornetas, anunciando un arrollamiento en la estación Los Dos Caminos, nos informaron que nos quedaríamos en el túnel hasta que las autoridades del metro solventaran medianamente el problema.

El anciano, sintiendo el detenimiento del tren como una oportunidad, se levantó y se dedicó a pedirnos una colaboración.

“Esto me da mucha vergüenza pero buenas noches. Me da mucha vergüenza pero debo pedirles una colaboración. Me da mucha vergüenza porque vengo desde el campo caminando. Me da mucha vergüenza porque se que esto es un fastidio para ustedes, y que siempre escuchan lo mismo. Pero yo les vengo a pedir una colaboración para poder comer y pa’ poder encontrar a mi hijo que se me perdió. No tengo como volver al pueblo porque ya ni siquiera puedo caminar. Mi hijo Manuel desapareció de la casa, el estaba metido en unos negocios y la gente le tenía envidia porque estaba ganando bastante porque necesitabamos plata para poder comer y pagarle las medicinas a la abuela que está enferma. Se había comprado una moto y se la pasaba en ella. La abuela está enferma en el pueblo y está sola y necesito una colaboración para poder volver al pueblo para poder ver como se muere. No quiero que se muera sola. Vine a buscar a mi hijo. Y no puedo volver caminando porque unos malandros me querían quitar el celular y yo les dije que no tenía celular y me dieron un balazo porque dijeron que era pobre. Estuve un mes en el hospital porque una la policía me recogió y me llevó. Cuando ya estaba mejor me escapé y tengo que caminar con este bastón que encontré, pero no puedo caminar mucho porque me duele, todavía tengo la bala adentro”.

Subiéndose mas la tela del pantalón pude ver una herida, no del todo sana, con los bordes azules, y la perfecta circunferencia de la bala en forma de cicatriz, que le quedará al viejo por lo que le queda de vida.

“Y Dios bendiga al que me pueda dar una colaboración para poder tener como moverme y buscar a mi hijo Manuel que yo se que está aquí en Caraca”.

Su historia, resonante en el vagón, parecía no dar efecto. La gente que se encontraba sentada, inmersa en el celular, no le prestaba ni la mas mínima atención. Tal vez por respeto a su edad yo si le presté atención o tal vez por la curiosidad de saber qué había pasado y porque el viejo había llegado a la situación de tener que pedir dinero en el metro. El vagón comenzó a moverse, y el viejo, desesperado dijo:

“Una colaboración por favor, Dios me los bendiga”.

Solo una o dos personas le dieron alguna que otra moneda, yo, que creí su historia y me tocó y me conmovió profundamente le di veinte bolívares, lo único que tenía. La persona que tenía a mi lado me miró y puso una expresión como si yo fuera un loco que estaba regalando el dinero a cualquiera que pasara por la calle.

El viejo siguió caminando lentamente a través del vagón, en desesperación por otra moneda o algún billete que alguien pudiera darle. Cansado se detuvo en medio del pasillo, como para poder volver a tomar aire para continuar su camino. Las puertas se abrieron y entraron de nuevo varias personas. El viejo seguía adentro. Sus ojos llorosos de dolor denotaban la pena que había en su alma. Me hubiera gustado darle algo de comida, pero en ese momento no tenía nada. Una muchacha, que al ver que el viejo se recostaba en su asiento, tal vez por miedo, se paró y se fue al otro lado del pasillo, lo mas lejos posible del hombre.

Altamira es mi estación favorita. Arriba, una ciudad europea parece en construcción, donde la gran plaza y su obelisco nos recuerda que Caracas es también una ciudad progresista, una ciudad que tiene mucho que dar. Los verdes jardines de la plaza, acompañados de la fuente y la cascada artifical emiten sonidos que parecen de otra ciudad, pero que a la vez son autóctonos de Caracas. Los asientos de la plaza, aferrados suavemente al concreto son sitios perfectos para leer cuando el calor lo permite. En la noche, las luces de los postes acarician suavemente los rostros de las personas que se quedan hasta tarde en la plaza amándose o simplemente charlando. Esta es una de las características mas bellas de la plaza Altamira, que todavía es plaza y todavía se puede caminar por ahí sin miedo a nada, resguardado bajo la sombra de los árboles y de los hoteles y restaurantes. Las puertas del vagón todavía no se cerraban.

Ese día me había despertado con una sensación extraña. No quería ir a la universidad ni tampoco quería salir de la casa. Era como un presentimiento y lo que ocurrió a continuación me daría la lección de hacerle caso siempre a mi corazón.

Justo cuando se estaban cerrando las puertas un joven moreno, vestido con una franela marrón y lentes oscuros, entró al vagón rápidamente, jadeando. Mientras el tren arrancaba se dedicaba a dar vueltas en círculos en el espacio vacío, como en busca de algo. Yo le veía de reojo, porque me parecía sospechosa su actitud. Ya el libro había pasado a segundo plano, mi mente estaba alerta. Pasaron los minutos. El metro iba lento. Tal vez por el arrollamiento, o tal vez por otra razón. Me sentía un poco impaciente y nervioso por la presencia del joven, había algo en el que no me gustaba. Tal vez estoy siendo prejuicioso pensé, y me sentí un poco avergonzado de mi actitud, pero en esta ciudad todo tiene un aroma a peligro.

En el túnel, a medio camino de la estación Miranda, el viejo seguía caminando lentamente para acercarse a la puerta, apoyándose de los tubos con mucho esfuerzo. Al llegar a ella se apoyó y la expresión en su rostro denotó alivio y paz. Ahora podr
Ia salir comodamente a esperar otro vagón para contar la historia de el, su hijo Manuel y la abuela enferma.

Cuando el joven empezó a hablar, ya sabía por donde venían los tiros, y me sentí abrumado.

“Buenas noches. ¿Me pueden dar las buenas noches?”

Alguno que otro saludo se escuchó a lo lejos.

“Yo estoy aquí para pedirles una colaboración. Los tiempos están duros y yo necesito rial, así que los que están aquí me van sacando los riales y los celulares y me los dan o si no los quiebro aquí mismo”.

En ese momento se escucharon gritos sordos y uno de los hombres se levantó para intentar tocar la alarma de seguridad con que contaba el vagón.

El malandro sacó su revolver y lo apuntó al hombre desde lejos. El hombre se sentó, rojo de impotencia.

En el bolso del malandro depositamos los celulares, y cuando tocó mi turno de hacerlo me dijo:

“Los riales bicho”
“No tengo”
“¿Qué no tienes que?” me dijo, apuntándome a la cabeza con el revolver.

Le di los cincuenta bolívares que guardo en la cartera para emergencias. Supongo que esta situación era una, por lo cual ese dinero no fue mal utilizado.

Cuando se empezaron a ver por las ventanas del vagón, los primerios vestigios de la estación Miranda el malandro gritó un glorioso “Muchas Gracias” y viendo a los que nos encontrábamos ahí con una sonrisa, se colocó su bolso y puso su revolver en el pantalón. Cuando se abrieron las puertas, y viendo que había un policía, que por casualidad quería entrar en al vagón cuando las puertas se abrieran, el malandro salió corriendo y tropezando al viejo lo tumbó debido al pobre equilibro que le daba su pierna herida. El viejo, sin poder moverse, trató de arrimarse y a pesar de la ayuda del policía y de otros que se encontraban allí un grito de dolor salió de su garganta cuando las puertas se cerraron en su cuerpo. Cuando por fin pudieron entrar al vagón lo acomodaron en el suelo.

“Por favor” le dijo el viejo al policía “déjeme aquí y vaya a buscar al ladrón ese que salió corriendo, se llama Manuel y era mi hijo”.

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