Soledad

por cedesantis

Soledad.

Había llovido todo el día. Las calles estaban húmedas y resbaladizas y todo el mundo veía como las gotas iban inundando poco a poco los canales y las alcantarillas. El camino empedrado empezaba a verse brillante y pulido. La tarde pasaba lentamente y se hacía noche. Seguía lloviendo. Solo unas pocas personas se aventuraron a salir ese día de sus casas, por miedo a enfermarse y a mojarse la ropa. Vestida de blanco, empapada de sudor y de agua, una mujer caminaba por el camino principal de pueblo. Manuel, manuel! Manuel ¿Dónde estás? Manuel. Sus gritos, desesperados, profundos y aterradores, cortaban el silencio de la noche. “Ay, Doña María”, dijo Clemencia, “esa es el ánima de la soledad, que está buscando a Manuel. Ave María Purísima, mírela, mírela Doña María”. Doña María miró por la ventana de la posada, que daba a la calle. La mujer, estaba ahora arrastrándose en el lodo, con los brazos estirados hacia el cielo, gritaba Dios mío, dime donde está Manuel. Sus ojos llorosos y desconsolados, miraban a todos lados, en su búsqueda. Su vestido, que había sido blanco, ya no lo era. Ahora era de un color negruzco, desesperado e indistinguible en la oscuridad de la noche. “Clemencia, Esa muchacha no es espanto, ¿Qué le pasa?”.

 

Manuel, por favor regresa Manuel, no me dejes sola Manuel. Se acercó a una de las casas y tocó la puerta. Nadie abrió. Manuel. Otra vez tocó. Manuel. Un golpe secó sonó desde atrás de la puerta. La mujer se alejó y se acercó a otra. Manuel. Regresa Manuel. Nadie abrió. Desde una ventana cercana, mientras ella se lamentaba, restregándose en el piso, salió una botella y dió contra el suelo y se rompió en pedazos. ¿Manuel?. Tomó los pedazos con sus manos. ¿eres tú Manuel?. Lárgate, lárgate de aquí y no vuelvas mas.  

 

“Hace dos años ella era la mas bella de pueblo, Doña María, y por ser la mas bella, todos los jóvenes muchachos la pretendían. Todos estaban enamorados de ella, y la perseguían por el pueblo, correteándola y lanzándole besos y amarrucos. Esa niña era la hija del cura, que había nacido antes de que el fuera cura. Su madre nunca había existido, o por lo menos nadie en el pueblo sabía quien era. El era muy severo con ella, porque quería que fuera recta. Le pegaba y la obligaba a rezar el rosario cien veces al día, para que sus pecados pudieran ser perdonados. Ella se escapaba todos los días, y en la calle leía novelas profanas que le había regalado algún enamorado. Luego llegó Manuel. El era un joven estudiante, italiano, buenmozo, que venía a estudiar la vida del pueblo y de la playa. Un día, cuando ella se encontraba escapada, Manuel la vió y se enamoró perdidamente de ella. A la semana ya se amaban. Todo el pueblo sabía de ellos pero el cura no sabía nada. Cuando regresaba a casa la encontraba dormida, sin sospechar nada de ella ni de su amor por Manuel.   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Manuel.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Su grito espantó la noche.Nadie abrió. Lárgate y no vuelvas mas a este pueblo.

 

 

“Pero la desgracia vino después, porque la niña, imprudente que es, una noche lluviosa decidió llevarse a Manuel a su habitación. Usted sabe para que. Ay Dios mío, cuando el cura entró en ese cuarto y vió a la niña al borde del éxtasis. Solo te digo que tomó a Manuel y con un hierro caliente le quemó las manos, como castigo por haber tocado a su hija. Manuel corrió y nunca mas se le volvió a ver. La niña gritó toda la noche y sus gritos se escucharon hasta La Tuna. Ay Dios mío, Doña María. A la mañana siguiente esa niña salió corriendo de la casa, gritando desconsolada, vestida de blanco. El cura estuvo buscándola pero no la encontró. Esa niña se fue del pueblo con la mente loca”. Doña María estaba atónita, impresionada por el cuento que su amiga le había contado. “Todos los días que llueve aquí en el pueblo, ella regresa y toca puerta por puerta buscando a Manuel, y cuando no lo consigue se va a la playa y se queda ahí, escondida, hasta que vuelve a llover”.  

 

Tocaron la puerta. Clemencia se acercó a la puerta, temerosa. ¿Manuel? ¿Manuel estás ahí? Dime que estás ahí Manuel, respóndeme. “Niña, Manuel no está, el se fué y nunca volverá”. No tocaron mas la puerta.

 

Manuel.

 

“¿Y qué le pasó luego a la niña? ¿Se murió?”.  

“Murió de soledad”, me respondió la abuela, “esa misma noche se fue a la playa y se entregó al mar”.

 

La tarde empezaba a caer y la luz se coloreaba de rojo sobre las suaves olas de la orilla de la playa.   

 

“¿Ves esas piedras?” Miraron por la ventana. Dos rocas pequeñas, separadas por una distancia considerable, sobresalían del agua, lejos de la orilla. “Dicen que esa piedra es la niña, el ánima solitaria, que cuando se entregó al mar esa noche, no se ahogó sino que se quedó anclada en la playa, petrificada, esperando a Manuel. Mijo, hay llamas que ni siquiera el mar puede apagar”. 

“¿Y la otra piedra?”

“La otra piedra apareció una noche mucho después, un día que también estaba lloviendo. Ese es Manuel, que regresó al pueblo a buscar a la niña mas bella. Pero ella sigue ahí sola, cada vez mas lejos de él, porque todos los días la piedra de Manuel se va alejando mas y mas, inalcanzable, siendo tragada por el mar”.  

“Pobre niña” dije, y le tomé las manos a la abuela.

“Y en las noches que llueve, dicen que sale una voz de la piedra.

 

Manuel. Manuel. Regresa por favor. Manuel”.

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